La huidiza escritura de Mónica Maragall, como la retrata Albert Tugues en su semblanza, se reedita ahora en Editorial Polibea bajo el título La bailarina coja y otras prosas (1993), que recoge la primera edición de 1993 del primer título, y como Otras prosas los textos que la autora dejara preparados para su obra inacabada Escritos desde la frontera.
En palabras de la propia autora, en La bailarina coja, no se narran hechos, sino las repercusiones que esos hechos, diversos, suscitan en el alma cotidiana de la bailarina coja a través de las palabras. En este sentido no se trata de una novela clásica, sino de un diario vivencial, escrito a lo largo de bastantes años, y acumulado en forma de dolor y palabra, amor y palabra, alegría y palabra. Un mundo de imágenes, según Pere Maragall, luminosas, o no, pero a menudo desconcertantes, sorprendentes, que nos hacen intuir un mundo interior enormemente sensible que va captando el paso de las horas y de los pensamientos, sensaciones, colores, olores, sones, a través del lenguaje de sinestesias continuas, y pasando imperceptiblemente, en la misma frase, del yo al tú, y a la tercera persona, creando el mundo particular de la bailarina coja, el oxímoron que da nombre a la primera pieza de este volumen.
Por su parte, la ausencia, evocada en el título original de la segunda pieza de la presente reunión de prosas poéticas (Páginas desde la frontera), acaba configurándose como el elemento espiritual que articula toda la positividad de la escritura de Mónica Maragall. Como expresa Jordi Llovet, «entre la sensación o lo vivido y la palabra, entre la experiencia y el poema, entre el cuerpo y su evocación verbal, media un espacio vacío, y en este espacio se fragua, no sabemos todavía exactamente cómo, el verso o la frase escrita con vocación de poeta [...] páginas escritas desde un lugar todavía desierto de expresión, pero que la busca afanosamente; sin pausa y con una buena dosis de miedo, desazón, asombro (todas ellas virtudes de la mejor poesía de cualquier momento)», en una articulación que, sin embargo, «no nos remite al silencio sino a la epifanía».