La lectura salvaje se compone de capítulos breves, próximos a la forma del dietario, rara vez con más de tres o cuatro páginas. Muchos de esos capítulos remiten a ideas, experimentos y balances que han intentado entender qué sucede cuando leemos, qué hace con nosotros lo que leemos y qué hacemos nosotros con eso que se lee. Al acabarlo, quizá el lector no sea capaz nunca más de leer "a lo salvaje", pero se habrá entretenido y reído, habrá aprendido mucho y habrá llegado a la conclusión de que, una vez más, los mejores libros son los más difíciles de contar. Hay que leerlos.