«Me despierto en su cama, en su habitación. He empezado a vivir la historia más peligrosa de mi vida, pero aún no lo sé. No sé nada, en realidad. El rumor del vivir me ha despertado, una invasión de aliento que es la respuesta de la noche. A los pies de la cama hay una ventana con una persiana de cordel en la parte de afuera y contraventanas arrimadas por dentro. La claridad se esquirla como un airecillo, todavía blanda y azul, flota sobre nuestros cuerpos, duda un instante y con un suave aleteo se posa encima de Victoria. La miro mientras duerme, destapada y desnuda. Sin osar tocarla. Me levanto, abro las contraventanas y vuelvo a la cama. El día cuelga ante a mí, húmedo y resplandeciente. Veo la barandilla de la terraza, comida por la hiedra que nace del patio. Victoria me ha contado que en la hiedra viven dragones, dragones albinos que con el paso de los siglos se han vuelto dóciles y pequeños. Por más que me fije, no veré ninguno. Pero veo los pájaros revoloteando entre los árboles, celebrando algo con extraordinarios gorgoritos. Cuento los cipreses, todavía negros en el vaso inmenso de la mañana. Cuatro copas, cuatro durmientes idénticos que, a juzgar por su forma de doblarse, sueñan lo mismo». La quinta novela de Eva Baltasar es una historia de amor.