Hacer una antropología de la imagen: buscar la fisura, el síntoma. Porque la semejanza no es un resultado sino un proceso abierto e inconcluso, una oscilación entre lo animal y lo simbólico, un ir y venir de flujos y reflujos. En las series y las taxonomías, en las gramáticas confortables y el aceptable orden del discurso, advertir el punto de fuga. Contar en singular, conjugar la dialéctica. Dar vuelta el corazón del conjunto iconográfico ortodoxo y recoger su malestar. La semejanza es tan inquieta que acaba por inquietarnos. No hay sustancias eternas ni funciones constantes: solo modulaciones de la materia.
En el centro del Quattrocento florentino, el busto en terracota policromada de Niccolò da Uzzano gira la cabeza. Esa torsión es una tensión en el mundo de los bustos habituales, marmóreos y frontales, impasibles. Está más allá de la gravedad y de la gracia: es un gesto brutal en un paisaje humanista, un gesto anacrónico que altera ese paisaje. La peste negra de 1348 no se escribe ni se pinta: es una catástrofe inaudita que no puede asemejarse a nada. La peste es anárquica. El humanismo, alterado al extremo, la silencia. Y ese silencio habla a raudales. Adviértase, durante siglos, la relación del arte consagrado con la escultura en cera: la desvaloriza, la relega a la periferia del exvoto. De tan plástica da miedo, de tan dúctil da pavor. El país de la cera es el país de las semejanzas inestables.
Nada, nada, es lo que parece. Nada se parece a nada.